Todo el que venía a visitarme traía un osito o un animalito de peluche, más o menos presupuesto me regalaban eso, había de todo en la lista, elefantes, mariposas, delfines, ballenas entre otros no tan populares como el famoso osezno, ya mi mamá había juntado dos bolsas de esos bichos. Mis juguetes favoritos eran los juegos de mesa, cosas que podía compartir con mi hermana y demás amigos, prefería eso mil veces.
Fue un mes y medio, como mucho dos, pero yo sentí que había pasado una eternidad, me desperté un día en la cama de un hospital. Fui volviendo de a poco, sintiendo cada parte de mi cuerpo un poco entumecido y ahí pregunté -¿Qué hago acá?¿Por qué estoy en el hospital?- y a mi vieja no le quedó otra que explicarme.
Un 7 de mayo después de salir de desayunar en el bar de la esquina de casa, tres autos chocaron y paso todo lo que pasó, contusión edema cerebral fractura de ambos fémures, fractura expuesta de tibia y peroné, unos días en coma, otros largos días con respirador, ella me vio ahí tirada y en su afán de querer salvarme, me levanto del piso, alguien le abrió la puerta de un auto y subimos, no respiraba, un par de golpes en el pecho me soplo la boca y volví a este plano, vinimos al hospital Churruca y luego me trasladaron al Garrahan que tenía todo mejor equipado para atenderme.
Mis mejores momentos eran con cosas muy simples, me había aprendido el número de historia clínica de memoria, sabía que pasillos tenía que tomar mi vieja cuando agarramos velocidad con la silla de ruedas de un sector a otro del hospital.
Los Ositos seguían llegando, uno por dia, llegaban y a la bolsa, no había espacio para ellos en mi agenda. Tuve que aprender un par de cosas de nuevo, y los recuerdos iban y venían, hoy en día hay algunas partes que me faltan, la cosa es que a los diez años la vida me puso una pausa jodida.
No se habían ocupado de mi pelo ya que había otras prioridades las últimas semanas, los cambios de camilla, las vueltas en la cama y todo el movimiento de acá para allá, se me había formado una rasta enorme en la nuca. La enfermera ya había dicho -cortenlo, no les va a quedar otra, está muy enredado- pero les daba tanta pena cortarlo, mi mamá estaba más preocupada que yo con todo el asunto.
Un día, me acuerdo que vino mi tía Mirta temprano y empezaron con una botella entera de Sedal, peines de varios grosores y las tijeras como última opción. No fue suficiente con un solo envase, tuvieron que rebuscarselas con lo que había en el kiosco del hospital. Compraron varios repuestos, de esos de sachets y sobre todo armarse de paciencia, porque la cosa pintaba jodida.
Yo en la silla de ruedas con la cabeza de espaldas a una pileta que usaban los médicos para lavarse las manos cuando entraban a verte, con todo el culo mojado quejándome de los tirones, recuerdo como la tarea de densa y tediosa fue relajándolas, entre risas y quejas cada vez fue más fácil, casi como que desde las posibilidades que daba una pileta en el pasillo de entrada a la habitación del hospital,en algún punto se terminó convirtiendo en un festejo extraño de carnaval con media pierna embolsada todas mojadas y la tarea cumplida sin llegar a usar las monstruosas tijeras. Éxito absoluto, y gran festejo. Mi tía Mirta era la hermana de papá, y mi vieja siempre tuvo una relación rara con ella, pero ese día el enredo las junto. En algún punto a todo lo que pasaba había que ponerle onda.
Otra de las que me acuerdo y esta es la que más disfruté fue el tráfico de comida, toda una familia coordinada para entrar comida al hospital, estableciendo una especie de red de contrabando. La cosa era que según mi madre a todo le ponían comino, ni idea porque pero toda la comida del hospital tenía ese dejo de gusto a especia rancia, lo que servían olía a transpiración y pasada de mañas hacía todo para no comer, negaba el plato principal y comía el postre, desayunaba bien y luego les hacía el desaire a las de cocina con los almuerzos. Gracias a las visitas de mis tíos, abuelos, demás familiares y amigos, que todos traían sus platos especiales para que yo pueda comer durante varios días cosas que no oliesen a restaurante arabe, pasamos mejor los días ahí adentro.
Entre la variedad de cosas que pasaban tal cual frontera Mexico/Estados Unidos, estaban las empanadas de carne con pasas de uva de la Abuela Luisa, que escondían debajo de mantas que pasaban estratégicamente cuando había mucha gente para declarar lo que entraba y salía. Esa fue una de las técnicas, claro que debería haber otras de las que no me entere, pero esas empanadas llenaban el corazón de cualquiera, con azúcar por encima era un almuerzo merienda cena todo junto. El Tio Tito hacia ese pollo al limón, que guarda un lugar especial en la memoria gustativa de los que aún vivimos para contarlo como experiencia culinaria, él explicaba que dejaba el pollo toda la noche macerando en jugo de varios limones y de vez en cuando también lo inyectaba para que tuviera mejor sabor; en mi mente infantil pensaba que al pollo lo sumergía en un tupper profundo con jugo hasta el tope, como si el pollo flotara en la sustancia, años después me desilusione, supongo que la magia ocurría en la parrilla del chalet de Ranelagh ese pollo pasaba por los controles del hospital, a base de encanutarlo bien o sobornos, pero se disfrutaba en serio, dias y dias.
Otra cosa que recuerdo y es de las que más atesoro son las noches en el hospital, para mi siempre fue un tema dormir, entonces todas las amigas de mi vieja se organizaban de noche para venir a leerme cuentos y charlar, así ella podía descansar, porque siempre había un montón de controles y cosas que hacer durante el dia. Historietas, cuentos, fábulas, todo el material infantil que podían encontrar en el puesto de diarios y cuando eso ya no era suficiente, las más viajadas me contaban sus historias de aventuras en europa, áfrica o algún otro continente.
Luego de esos meses me mandaron de nuevo a casa y ahí la historia fue otra, aunque mis últimos días los pasé rodeada de ositos de peluche que miraban como si tuviesen vida y cosas para decir, como si alguna vez los hubiese podido escuchar diciendo “llévame a casa” desde adentro de la bolsa de consorcio, ese ultimo dia los liberamos y corrieron libres por el campito donde hoy está el polo circo, alguno se le aferró a la pierna de mamá cuando los soltó, pero yo no los quería así que salieron de la bolsa algunos cayeron al tacho otros escaparon, nunca supe mas de ellos.